Mi ciudad... os encantará (o no)
Una vez, en un descanso de un evento profesional, un conocido me dijo que mi ciudad natal no tenía personalidad. Yo no supe qué responder. Seguramente le miraría con una sonrisa congelada. Luego empezó a deshacerse en alabanzas hacia su ciudad de origen, que es la ciudad en cuya área metropolitana resido en la actualidad.
Ya hablé en el post anterior de que me siento muy vinculada a mi ciudad natal (de aquí en adelante me referiré a ella como "mi ciudad"). A pesar de no ser de allí "de verdad" como dije en el post, o "de toda la vida" como prefieren algunos. He vivido allí durante tres décadas y, aunque tiene cosas realmente buenas, me he dado cuenta de que es el hecho de que la mayoría de mis buenos recuerdos estén allí lo que me hace ser indulgente con sus defectos. El resto de mis recuerdos están casi todos en el ¿pueblo? ¿ciudad? en el que vivo y en Bilbao, ciudad a la que voy de visita a la menor ocasión y que me encanta.
Da la coincidencia de que tanto mi ciudad como el pueblo en el que vivo eran lugares pequeños que crecieron masivamente a partir de los años 60. Podría decirse que son lugares nuevos, pues han construido en el último medio siglo una identidad bastante diferente a la que tenían. Por el contrario, la nueva ciudad (no confundir con el pueblo-ciudad donde vivo, en adelante será renombrada como "la nueva ciudad") tiene siglos no, ¡milenios! de historia, y multitud de historias pueblan sus calles. Por lo demás, son las dos ciudades en apariencia similares: pequeñas, cerradas y conservadoras. Pero el peso de la tradición es, a mi juicio, mayor en la nueva ciudad. Además, hay otro aspecto que es determinante: el influjo de una poderosísima institución religiosa, que la ha erigido su capital de facto. Mi ciudad tan sólo es "la capital artificial de un país singular".
Pero no sólo es eso. También es una ciudad en movimiento. Siempre que voy a mi ciudad hay algo. Una feria, un festival, un mercado, una exposición… Muchos de ellos eventos públicos y gratuitos. La red de centros cívicos tiene unas instalaciones estupendas, y coordina multitud de actividades deportivas y culturales a precio bastante accesible. Hay una extensa red de bici carril y muchas zonas verdes, y las calles están razonablemente limpias.
Por supuesto que hay problemas, y no vivir allí hace que la mayoría me pasen desapercibidos. En la nueva ciudad me pasa que veo problemas que son inadvertidos por los nativos, porque es lo que conocen y no tienen otros modelos con que comparar (se me ocurre la menor dotación de instalaciones deportivas públicas). Otros son simplemente circunstancias insalvables, como el clima o la orografía. Por cierto, mi ciudad suele estar en el top ten de capitales de provincia en tres categorías climatológicas, a priori, poco halagüeñas: oscuridad, pluviosidad y frío. Añoro el par de grados menos en verano y, sobre todo, que siempre amanezca nublado.
Estoy sintiendo algo de pena hacia la nueva ciudad, a la que he despojado intencionadamente del posesivo, porque es la ciudad en la que ha nacido mi hija y será su ciudad cuando tenga noción de ello. Pero me cuesta sentirme parte de ella, a pesar de llevar casi un lustro aquí. Tampoco puede decirse que haya hecho mucho para combatir esa sensación. Debo de ser una de esas inmigrantes que no se integran de las que habla Vox. Desde que me mudé entiendo mucho mejor el desarraigo y la importancia de los orígenes para parte de mi familia. Pero también la importancia del hogar que construimos, de los lugares nuevos que nos permiten ser otros con los demás. A veces, nosotros mismos. El peso de los lugares viejos puede ser demoledor.
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